El modelado kárstico, cuevas y dolinas

La geología está detrás de prácticamente cualquier paisaje y es la responsable de un sinfín de elementos naturales que nos llaman la atención por su espectacularidad. Las islas Canarias, como archipipiélago volcánico que es, tiene un origen geológico muy claro y quien disfruta de sus paisajes sabe que está viendo el resultado de un trabajo lento que ha ocurrido a lo largo de mucho tiempo. Pero los ríos también modelan el paisaje y genern formas de origen geológico, tal y como hemos visto a la hora de hablar del modelado fluvial, dominado por los cañones fluviales como el del Colorado o más cercano a nosotros el de Arribes del Duero. En esta entrada seguiremos hablando del poder de la geología como generadora de relieve y hablaremos del modelado kárstico, el mundo de las cuevas pero también el de las dolinas y los zenotes.

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La ciudad encantada de Cuenca es uno de los paisajes kársticos más famosos de España y representa un karst muy evolucionado en el que prácticamente toda la roca ha sido disuelta, quedando como remanente de lo que hubo en el pasado los tormos en forma de enormes hongos rocosos (fuente: viajology.com)

La karstificación, el truco está en el CO2

El origen del modelado kárstico, a veces escrito cárstico, está en un proceso de meteorización química que experimentan algunas rocas solubles. Las rocas carbonatadas (calizas y dolomías) son las más comunes en este tipo de paisaje que afecta tanto a nivel de superficie como a nivel subterráneo, pero también lo podemos encontrar en terrenos formados por yeso, que no olvidemos que también son solubles y que es lo que encontramos en las cuevas de Sorbas (Almería). No obstante aquí vamos a explicar el proceso que experimentan las rocas carbonatadas, que como ya vimos al hablar del CO2 se forman a partir del CO2 disuelto en el agua. De esta manera la solubilidad de las rocas carbonatadas depende de la presión de CO2 y se produce por una serie de reacciones químicas encadenadas que llevan a este gas invernadero a formar ácido carbónico e ión bicarbonato (o hidrogenocarbonato), que atacan a este tipo de rocas. Por tanto podemos decir que el ciclo de disolución-precipitación de los carbonatos es un proceso asociado con la acidificación del agua que está en contacto con ellos. La siguiente ecuacion de balance resume muy bien estas reacciones químicas que determinan el modelado kárstico en calizas, que son las rocas formadas casi exclusivamente por carbonato cálcico.

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Reacciones químicas encadenadas de disolución de dióxido de carbono en agua y precipitación en forma de carbonato cálcico (imagen propia)

El proceso de formación de un karst carbonatado, que como digo es en el que me centraré en esta entrada (pero no olvidemos que no son los únicos que existen), empieza con agua cargada de CO2 que se infiltra por las grietas que hay en un terreno carbonatado. Estas aguas ácidas atacan la roca y producen formas erosivas muy diversas que podemos encontrar tanto en superficie como en el subsuelo. Pero si las condiciones ambientales cambian y son las ideales, ese agua con CO2 y calcio disueltos puede evaporarse, precipitando el exceso de ambas especies químicas para dar lugar a otras formaciones de precipitación química. Por tanto podemos decir que la formación y destrucción de un karst está asociado con el equilibrio del CO2, pero para que se produzca la karstificación es necesario primero que la roca afectada cumpla una serie de requisitos, como son el ser soluble o el tener fracturaciones que favorezcan la infiltración del agua. Una vez que se tenga eso el proceso será más o menos rápido en función de una serie de factores ambientales, climáticos y temporales, ya que se necesita la presencia de agua que tenga una concentración de CO2 disuelto, que aumenta con la presión y con las bajas temperaturas (en climas fríos los karst evolucionan más rápido), que haya seres vivos que emitan CO2 para acelerar el proceso o que el contacto agua-roca sea prolongado en el tiempo. Si se cumplen estos requisitos las reacciones serán más efectivas y el proceso de karstificación será más intenso, por lo que el paisaje kárstico evolucionará con mayor rapidez.

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Esquema explicativo de las formaciones más representativas del modelado kárstico, tanto a nivel de superficie como a nivel subterráneo (tomado de geoiesblasdeotero.wordpress.com)

Los karst en superficie, el dominio de las dolinas

Las formaciones exokársticas, que es como se denominan a las que encontramos en superfice dentro de un paisaje kárstico, se reconocen muy bien en campo porque por lo general dan terrenos irregulares, si bien dentro de ellas tenemos un buen número de formas diversas que tienen orígenes y características diferentes. Las formaciones erosivas, que se forman principalmente por procesos erosivos de disolución de la propia roca o por colapso (derrumbe) del techo de formaciones subterráneas, son las dominantes en superficie. Destacan dentro de ellas los lapiaces, surcos separados unos de otros por tabiques rocosos que se producen cuando las aguas de escorrentía superficial (ver La ciencia del Ciclo del Agua) discurren por superficies llanas con fisuras (diaclasas, planos de estratificación…) que favorecen su encauzamiento. Los lapiaces con el tiempo pueden evolucionar a cañones y gargantas fluviales si la corriente de agua se encaja lo suficiente en el terreno.

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Acanaladuras en un lapiaz en el que los surcos son más o menos lineares y con cierta profundidad (fuente: geomorfologiapeg.blogspot.com.es)

Las dolinas son profundas depresiones redondeadas y de paredes inclinadas que se pueden formar tanto por disolución como por hundimiento del terreno. Estas formaciones, que en muchos casos contienen agua en su interior a modo de pequeñas lagunas, reciben diferentes nombres en función de sus características físicas, ya que si poseen paredes muy escarpadas se denominan torcas, si comunican con galerías subterráneas son simas y si están completamente inundadas definen los famosos cenotes, tan habituales en la Península de Yucatán. En ocasiones las dolinas, que en muchos casos aparecen en una misma región alineadas siguiendo fracturas mayores del terreno, pueden acabar uniéndose unas a otras y constituir lo que se conoce como uvalas.

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La Sima de San Pedro, en el municipio turolense de Alacón, es una de las simas más importantes de toda Europa. Por sus condiciones suele ser utilizada a menudo para realizar competiciones nacionales e internacionales de espeleología (fuente: casaalbana.com)

Otra formación exoskártica muy importante son los poljés, que no son más que uvalas muy evolucionadas, ya que estamos hablando de enormes depresiones del terreno ocasionadas por la unión de varias dolinas a gran escala. Los poljés suelen tener aspecto de valles alargados y cerrados, pero con el fondo plano y contornos irregulares elevados y empinados. Suelen estar recorridos además por cursos de agua que desaparecen súbitamente por un sumidero o ponor, si bien a veces están total o parcialmente cubiertos de agua y formando un lago kárstico. El fondo llano del poljé suele estar tapizado de un tipo de arcilla que procede de la descalcificación de la caliza y suele ser un terreno muy fértil, ya que por lo general funciona además como trampa de sedimentos.

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El poljé de Vega de Comeya, en Picos de Europa, es uno de los más importantes de España. En esta imagen, de C. Pueyo, se puede ver muy bien tanto su forma alargada como sus bordes abruptos (fotografía tomada de previa.uclm.es)

No todas las formaciones exoskársticas tienen un origen erosivo, sino que también tenemos algunas que se forman por sedimentación, como son las arcillas antes mencionadas de los fondos de los poljés, pero también los travertinos y las tobas calcáreas. Ambos conceptos hacen referencia a rocas carbonatadas muy utilizadas como roca ornamental y que se han formado por precitación química a partir de aguas termales y dulces que están cargadas de carbonatos. En el caso de las tobas calcáreas la precipitación tapiza las plantas que hay en el propio manantial, de manera que pueden conservar restos degradables que después podemos estudiar para tener una idea de cómo eran las condiciones de la zona en el pasado más inmediato, hablando a escala geológica (ver El tiempo en geología). Por su parte los travertinos en muchos casos se desarrollan en forma de cascadas blancas petrificadas que se ven acompañadas de terrazas con forma de medialuna, dando lugares de gran valor paisajístico por su belleza visual.

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Pamukkale, en Turquía, es uno de los lugares más espectaculares del mundo donde encontramos terrazas tapizadas de travertino que caen por la ladera y retienen pequeñas charcas de agua azulada (fuente: unmundopara3.com)

El mundo subterráneo de las cuevas kársticas

Las formaciones superficiales son fáciles de ver y de identificar por estar, en la mayoría de los casos, a la vista de todo el mundo, aunque como suele ocurrir siempre con la geología hay que saber mirar para encontrarlas. Pero el modelado kárstico también afecta bajo la superficie, y es ahí donde tenemos los elementos que más interés turístico suelen suscitar dentro del modelado kárstico. En este caso las formaciones subterráneas del karst, llamadas también endokársticas, pueden tener un origen erosivo no muy distinto al que ya hemos visto en superficie, con aguas cargadas de ácido carbónico que disuelven poco a poco la roca. Es así como se forman las cuevas kársticas, cavidades naturales en las que encontramos un entramado de galerías (pasadizos horizontales), simas (aberturas verticales) y cavernas (espacios abiertos y amplios) que pueden comunicarse unas con otras. Las cuevas son el tipo más habitual de geoforma kárstica pero no es el estadio final de evolución de un karst, ya que en ocasiones los techos se pueden desplomar y quedar expuestas a las condiciones exteriores, dando laberintos kársticos y tormos como los de la Ciudad Encantada de Cuenca.

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La Cueva del Salnitre de Collbató, en el geoparque de Cataluña Central, es famosa porque sus espeleotemas inspiraron a Gaudí para la construcción de la Sagrada Familia de Barcelona (fuente: pedalsbarcelona.com)

Los depósitos químicos que encontramos en el interior de una cueva reciben el nombre de espeleotemas y se producen cuando el agua que avanza infiltrándose por el terreno, que está cargada de ácido carbónico y piedra caliza disuelta, llega a un espacio amplio. En ese momento, si las condiciones ambientales son las adecuadas, se puede producir la evaporación lenta del agua y la precipitación química de las sales disueltas, generándose una gran cantidad de formas diversas. Los espeleotemas más destacados son sin duda las estalactitas, que van creciendo poco a poco desde el techo y a partir de un tubo de alimentación interno (son huecas), y las estalagmitas, que se producen cuando el agua gotea del techo y cae al suelo, de manera que en este caso el crecimiento es desde abajo. En ocasiones una estalactita y una estalagita se pueden encontrar y fusionarse, dando lo que conocemos como columna.

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Conjunto de varias estalactitas y estalagmitas en el interior de la Cueva de El Soplao, en Cantabria (fuente: elsoplao.es)

Las estalactitas y las estalagmitas son sin duda los espeleotemas más conocidos, pero existen otras formaciones endokársticas de depósito que también son muy frecuentes en las cuevas. Las excéntricas son espeleotemas formados por capilaridad que todavía no se comprende muy bien su formación, no como las coladas, que sabemos que se producen cuando un flujo laminar descendente cubre una superficie, de manera que el precipitado carbonatado que se produce queda tapizándola. Las banderolas por su parte son otro tipo de espeleotema muy común que se genera de una manera similar a las estalactitas, pero con el agua discurriendo por la superficie y no por su interior, adquiriendo además una forma ondulante que recuerda a las banderolas. Otra formación endokárstica importante son los gours, diques escalonados que represan el agua como las terrazas de travertino hacen en superficie, mientras que los conulitos son oquedades que se forman cuando el goteo que da normalmente una estalagmita se produce en un terreno fácilmente erosionable, quedando en lugar de ese espeleotema un hueco por erosión del agua.

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Izquierda: Excéntricas de aragonito en la Cueva de El Soplao, en Cantabria (fuente: fotonatura.org). Derecha: Banderolas en una cueva de Israel (fuente: wikipedia.org)

Por último quiero hablar de la famosa leche de luna, sin duda uno de los elementos de origen kárstico más raros y espectaculares que existen. Se trata de una sustancia blanca y cremosa que normalmente se ​​encuentra en estado semisólido adherida a las paredes de algunas cuevas, si bien en la actualidad se conoce un único caso en todo el mundo, en una cueva del Macizo de Ernio (Guipúzcoa), en la que la leche de luna aparece en estado líquido fluyendo por el interior de la cavidad. Los análisis que se han hecho después de este espectacular descubrimiento de 2004 han revelado que la leche de luna de Ernio está compuesto por una mezcla de varios minerales, de entre los que destacan la gibbsita (hidróxido de aluminio), que al tener cristales mucho más pequeños de lo habitual es la que le da el aspecto líquido.

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El único río de leche de luna del mundo se encuentra en Guipúzcoa y fue encontrado en marzo de 2004 (imagen tomada de puentelibre.mx)

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Cañones y meandros, el modelado fluvial

Los agentes geomorfológicos son elementos del medio que son capaces de modelar el paisaje con su actividad, creando o destruyendo el relieve en función de los desequilibrios físicos que se produzcan. El agua de los ríos y los mares, el hielo de los glaciares e incluso el aire son agentes capaces de moldear el paisaje y crear formas que llaman nuestra atención porque nos parecen espectaculares. El modelado fluvial es el producido por la acción de las aguas encauzadas en forma de ríos, pero no es muy diferente del que encontramos en arroyos y torrentes, del que también hablaremos aquí. Este tipo de modelado hídrico depende por tanto del desequilibrio que haya con respecto el perfil ideal del río, de manera que cuanto mayor sea mayor será también la erosión y la sedimentación. Dentro del recorrido que realiza cualquier río podemos distinguir tres tramos que son el curso alto, dominado por acciones erosivas; el curso medio, donde tenemos especialmente procesos de transporte junto con erosión y sedimentación; y por último el curso bajo, con una sedimentación dominante. En esta entrada vamos a ver qué elementos del relieve y estructuras geomorfológicas tenemos en cada uno de ellos.

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Esquema de las partes de un río tipo que nace en un circo glaciar y desemboca en el mar en forma de delta, indicando además los principales elementos que podemos encontrar en su recorrido (fuente: educanimando.com)

La cabecera, la juventud del río

El tramo inicial de cualquier curso fluvial se caracteriza por un claro dominio de los procesos erosivos debido a que es en esta parte donde el agua tiene una mayor energía, lo que le permite arrancar con más facilidad partículas y trozos de roca. Pero aunque hablemos del agua como curso de un río, debemos tener en cuenta que no solo el agua encauzada es capaz de erosionar el medio. Y es que la lluvia tiene un poder erosivo limitado pero no inexistente, ya que las gotas al caer también pueden producir erosión mediante salpicadura, en especial en sedimentos blandos y determinadas rocas en los que deja pequeños cráteres. Por otro lado tenemos que el agua que fluye por la superficie no siempre lo hace encauzada, ya que en determinados casos la podemos encontrar como aguas de arrollada, formadas por láminas que avanzan por superficies, por lo general de elevada pendiente, y que producen erosión al ser capaces de arrancar partículas del suelo. Por último tenemos los cursos de agua propiamente dichos, como son los ríos, los torrentes o los arroyos, cuyo poder erosivo es mucho mayor que los dos casos anteriores y lo realizan mediante tres acciones diferentes que son la acción hidráulica, debida a la propia fuerza de la corriente al precipitarse aguas abajo; la corrosión, ya que determinadas rocas o algunos de sus componentes se disuelven y facilitan con ello su erosión; y la abrasión, fruto del choque de las partículas previamente arrancadas que el agua transporta y que aumentan su poder erosivo.

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Las cárcavas son surcos profundos dejados por aguas encauzadas en sedimentos fáciles de erosionar (imagen propia)

Los cañones son incisiones profundas y de paredes verticales producidas por la acción erosiva de un curso de agua, no necesariamente un río. Estos accidentes geográficos son muy espectaculares desde el punto de vista paisajístico y los podemos encontrar en prácticamente cualquier tipo de roca, y aunque el río sea el agente principal en su formación, en la mayoría de casos tenemos planos de debilidad previos que han facilitado su incisión (por ejemplo fracturas propias de la roca, planos de estratificación, etc.). Los cañones fluviales son especialmente habituales en los cursos altos porque es en ellos donde el agua tiene mayor energía, pero también los podemos encontrar en tramos de curso medio (como Arribes del Duero o el famoso Gran Cañón del Colorado) o incluso en la etapa final de un río. Dentro del término genérico de cañones también consideramos otras formas de menor entidad como son las gargantas, los congostos y los desfiladeros, pero todos ellos comparten un origen común y difieren tan solo en las dimensiones.

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El Gran Cañón del  Colorado (Estados Unidos), con sus 800 m de profundidad, es uno de los cañones fluviales más espectaculares y profundos del mundo (fuente: adventuresbydisney.com)

Otro elemento importante del curso alto de un río, aunque de nuevo lo podemos encontrar en cualquier tramo, son las cascadas o cataratas. En este caso estamos hablando de saltos de agua producidos por el contacto de dos materiales de distinta resistencia a la erosión, un material más deleznable que será arrastrado con facilidad y otro que permanecerá más tiempo (a veces el contacto ha sido favorecido por la presencia de una falla). Las cascadas son elementos muy importantes a la hora de hablar de una erosión remontante, ya que en muchos casos al pie de las mismas se producen remolinos que horadan lentamente la base, produciendo con el tiempo inestabilidades que pueden conllevar la caída de los bloques superiores y al final la destrucción del salto de agua.

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La cascada del Pozo de los Humos, en Salamanca, se produce por el contacto de un granito resistente con un material metamórfico más fácil de erosionar (imagen tomada de hotelhelmantico.com)

Por último tenemos los pilancones o marmitas de gigante, depresiones redondeadas que encontramos en algunos cauces fluviales. El origen de este elemento que tanto suele atraer nuestra atención, en especial porque su presencia implica la existencia de “piscinas” en las que bañarnos durante el periodo estival, lo encontramos en los torbellinos y rápidos de algunos ríos. Gracias a estas corrientes turbulentas la roca se va erosionando poco a poco, pero es que en ocasiones los torbellinos atrapan fragmentos rocosos que con su poder abrasivo facilitan todavía más la erosión del sustrato rocoso, creando estas formas. Las marmitas de gigante son habituales en especial en las zonas montañosas, aunque cualquier rejuvencimiento del perfil del río puede propiciar su desarrollo.

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Los pilancones de la Reserva Natural de la Garganta de los Infiernos, en la provincia de Cáceres, son uno de los mayores atractivos del enclave por su espectacularidad y dimensiones (fuente: turismoextremadura.com)

Pero no todo en la cabecera de un río es erosión, ya que en determinadas circunstancias se van a producir procesos sedimentarios de gran interés. Los abanicos aluviales, glacis y conos de deyección son tres conceptos que no definen exactamente la misma geoforma pero que en conjunto se refieren a elementos geomorfológicos producidos cuando una corriente de agua encajonada no fluvial llega a una zona amplia y se abre en forma de abanico, de ahí su nombre. En realidad no estamos hablando de depósitos fluviales en sentido estricto sino aluviales, pero su importancia me ha llevado a incluirlos en esta entrada. Porque aunque normalmente no contienen agua, y si la contienen puede estar encauzada en un canal principal, en épocas de lluvias (o simplemente durante una tormenta de verano) el canal puede desbordarse y el agua se esparcirá por todo el abanico, arrastrando cualquier elemento que se encuentre a su paso. Esto es lo que ocurrió por ejemplo en el accidente de Biescas de 1996, en el que murieron 87 personas y más de un centenar resultaron heridas, ya que el camping en cuestión estaba localizado sobre uno de estos abanicos. Debido a que el transporte hídrico es muy selectivo, lo normal es que a medida que nos alejemos del área fuente o de la corriente principal el tamaño de las partículas disminuya, algo que vemos muy bien en estas geoformas, donde tenemos una zona apical con material más grueso (la más próxima al encajonamiento anterior), después una zona media y por último la zona distal, donde la energía de la corriente es muy baja y ya no puede transportar ni las partículas más finas, que se depositan aquí.

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Imagen de un abanico aluvial de dimensiones considerables en el Pirineo francés (fuente: wikipedia.org)

El curso medio, la etapa madura del río

Cuando los ríos dejan atrás el tramo de su nacimiento, marcado como acabamos de ver por los procesos erosivos, llegamos a lo que representa la mayor parte de su recorrido. En el curso medio la erosión sigue existiendo, igual que la sedimentación, pero lo que denomina es precisamente el transporte de sedimentos, ya sea en suspensión o en tracción (rodadura, saltación y arrastre). El transporte fluvial es de gran importancia porque como ya hemos dicho es muy selectivo, ya que en función del tamaño de grano de las partículas transportadas estas van a hacerlo de una forma u otra, pero también van a poder ir más lejos del área fuente o no. En el tramo medio del río, al igual que hemos visto que ocurre en su cabecera, también tenemos unos elementos geomorfológicos y del paisaje muy destacados.

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Esquema de los diferentes tipos de transporte que lleva a cabo la corriente de un río. La disolución y la flotación no se consideran para el transporte de materiales detríticos, aunque también son importantes para determinadas sustancias (modificado a partir de sedimentogiagrupo04.blogspot.es)

En la parte media de un río lo habitual es que el cauce, que es como conocemos a la parte ocupada normalmente por el curso fluvial, tenga sus curvas y no sea recto. De hecho, los tramos rectos en un río suelen implicar la presencia de una falla que condicione por dónde discurre el agua (control estructural). Pero como digo, lo normal es que el cauce sea sinuoso y en él tengamos curvas, si bien todo el río discurre por una superficie que llamamos llanura de inundación, que es la región que contiene el cauce y que en momentos de crecida puede verse anegada de agua. Por tanto, aunque normalmente consideremos que solo es río donde el agua circula habitualmente (el cauce), lo cierto es que las regiones circundantes al mismo también son río, motivo por el que construir en ellas entraña ciertos riesgos que por desgracia solemos ignorar. Y es que debemos tener en cuenta que es este, y no las lluvias extraordinarias, el principal motivo de que todos los años en primavera y otoño tengamos inundaciones en determinados lugares, ya que casi siempre se da la circunstancia de que en ellos se ha construido donde no se debía, ya fuera en la llanura de un río, en una torrentera/rambla o en un abanico aluvial. En la llanura de inundación predominan los procesos sedimentarios, en especial de partículas finas y materia vegetal en descomposición que avanza flotando, lo que hace que sumado a otras características del medio sean también tierras muy fértiles y por tanto muy empleadas para el cultivo.

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Huertas en la llanura de inundación del río Tormes a su paso por el municipio de Juzbado. El cauce del río se identifica por la mayor frondosidad de la rivera (imagen propia)

Las terrazas fluviales son superficies topográficas que representan los antiguos lechos de un río, abandonados en su evolución a un mayor encajonamiento para alcanzar el equilibrio. Por tanto, si ha habido una buena preservación, en los laterales de un cauce fluvial actual podemos ver una ladera escalonada que nos sirve a los geólogos para reconstruir los distintos niveles de estabilidad del pasado, en muchos casos asociados con cambios climáticos, eustáticos o tectónicos. Hay varias teorías que pretenden explicar el origen y evolución de las terrazas fluviales (eustáticas y climáticas principalmente) del mismo modo que existen varias clasificaciones según diferentes criterios, pero basta decir que la base de la última terraza, la más próxima al cauce, marca el inicio de la llanura de inundación y por tanto el área actual de dominio del río.

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Imagen del Valle del Hunza, en Pakistán, donde se puede apreciar con facilidad al menos dos terrazas fluviales sobre la actual llanura de inundación (fuente: flickr.com)

Por último tenemos las barras fluviales, que es como denominamos a los depósitos que encontramos en los ríos, que en función de dónde se localicen reciben diferentes nombres. Las barras laterales o point-bars son depósitos de acreción lateral que se producen sobre todo en ríos muy sinuosos en los que la energía del agua disminuye en determinados puntos, lo que facilita que se produzca la sedimentación en ellos. Por su parte, las barras centrales o braid-bars son depósitos que encontramos en el interior del canal constituyendo islas que de manera natural avanzan lentamente aguas abajo, aunque en la actualidad la construcción de presas en muchos ríos han detenido esta evolución, propiciando la colonización de las barras por vegetación y fijándolas así en una posición concreta.

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La Isla Margarita, en el río Danubio, es una barra central que actualmente es aprovechada para alojar uno de los parques más grandes de Budapest (fuente: verbudapest.com)

El tramo final, senilidad fluvial

El curso bajo es como conocemos a la última fase del recorrido de todo río. En ella, dado que la energía es mucho menor porque ya prácticamente se ha alcanzado la línea base, el proceso dominante es la sedimentación, aunque también se producen erosión y transporte. En muchos casos esta parte está influenciada por la propia dinámica litoral, de manera que el cauce de algunos ríos puede verse invadido por el agua del mar durante la pleamar o durante las mareas vivas. Los cauces fluviales en el tramo final del río suelen tener ya muy poca energía, pero no todos los ríos responden de igual manera. Por ejemplo, los ríos que tienen un cauce muy ancho en el que hay una constante sedimentación en forma de barras centrales reciben el nombre de ríos trenzados o de tipo braided. Por el contrario, si lo que tenemos es que el cauce se vuelve muy sinuoso para lograr llegar al mar, igual que cuando subimos en bicicleta una cuesta empinada y vamos haciendo zigzag para que nos cueste menos, entonces estamos hablando de un río meandriforme.

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Izquierda: El río Waimakariri, en Nueva Zelanda, es un claro ejemplo de río braided donde se producen numerosas barras centrales (imagen tomada de expedia.com, de autor desconocido). Derecha: Ejemplo de tramo meandriforme complejo del río Amazonas (imagen tomada de animaleando-entrenamiento.blogspot.com.es, de autor desconocido)

Un meandro es como denominamos a una curva pronunciada que hace el cauce de un río y que no es necesariamente exclusiva de su tramo final. Los meandros con el tiempo tienden a desaparecer debido a que en ellos siempre tenemos un lado en el que la corriente choca y produce erosión y otro lado donde la corriente pierde energía para girar y se produce sedimentación. De esta manera el meandro poco a poco se va desplazando, llegando en algunos puntos a estrangularse a sí mismo y a dar lo que conocemos como un meandro abandonado.

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El meandro del Melero, en la comarca de Las Hurdes (Cáceres), es uno de los más famosos de la geografía española y se localiza en el río Alagón (fuente: lashurdesdestinonatural.com)

Los deltas son estructuras geomorfológicas con forma de triángulo (de ahí el nombre de delta, en alusión a la letra griega del mismo nombre) que se producen en la desembocadura de algunos ríos cuando hay unas condiciones concretas de aporte de sedimentos y erosión litoral. Dentro de un delta encontramos tres zonas en función de su posición: plano deltaico (parte subaérea), frente deltaico (parte afectada por las mareas) y prodelta (parte subacuática. Los deltas para formarse y mantenerse necesitan de un equilibrio entre las influencias marina y fluvial, lo que es muy importante cuando hablamos del impacto del ser humano, que con la construcción de presas para abastecimiento o producción eléctrica reduce el aporte de sedimentos de los ríos y puede causar la reducción de sus deltas, cuando no su directa desaparición. En líneas generales los deltas los podemos considerar, junto con los abanicos aluviales y los abanicos submarinos, como geoformas producidas bajo el mismo mecanismo pero en diferentes condiciones, ya que en los tres casos tenemos una corriente de agua encajonada (ya sea un torrente en un cañón, un río en su propio cauce o una corriente en un cañón submarino) que desemboca en una llanura o explanada y se abre.

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Imagen del delta del Nilo tomada en 2003 por el satélite Terra de la NASA (fuente: wired.com)

Pero no todo río desemboca en forma de delta, ya que como acabamos de ver estos elementos se producen a partir de un equilibrio entre varios procesos fluviales y litorales que no siempre se van a dar. Por ejemplo, si el río desemboca en una zona de fuertes oscilaciones mareales se producen estuarios en los que durante la pleamar el mar invade la desembocadura pero en la bajamar el río produce fuertes incisiones. Y si lo que encontramos es un valle fluvial invadido constantemente por el mar como consecuencia de una subida relativa del nivel del mar tenemos las rías, tan habituales en el norte peninsular.

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Imagen de la Ría de Vigo desde el interior, con la Ensenada de San Simón y el Estrecho de Rande (fuente: guias.masmar.com)

El relieve de la Tierra

El planeta Tierra, lejos de lo que solemos creer, no es una esfera perfecta, ni mucho menos. Tampoco es un cuerpo achatado solo por los polos como nos dicen en el colegio, sino que el geoide, la figura más próxima a la forma real de nuestro planeta, es en realidad una especie de patata redondeada. En esta “patata espacial” tenemos valles y montañas, cuencas oceánicas y continentes, en definitiva un relieve que tiene su origen en desequilibrios físicos que tratan de compensar los agentes geomorfológicos. ¿Pero cómo es este relieve? O lo que quizás sea más importante, ¿cuál es la altitud media del planeta y cómo se distribuye este relieve en él?

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El geoide GEM9 es la figura real de nuestro planeta y es más parecida a una patata redondeada que a un balón (fuente: ESA)

Un mundo cambiante

Todos sabemos que la superficie del mar cambia constantemente, con el oleaje, las mareas y las menos conocidas corrientes. Pero no solo el océano tiene una superficie dinámica en la Tierra, ya que en realidad toda la superficie del planeta cambia con el tiempo. Porque tenemos sistemas montañosos que se elevan y se desmantelan más tarde por la erosión, cuencas oceánicas que se abren y se cierran siguiendo el ciclo de Wilson que determina la tectónica de placas, incluso las cuencas sedimentarias pueden acabar por rellenarse y desaparecer. Todos estos elementos forman parte del relieve terrestre, ¿pero a qué llamamos relieve? Con este concepto denominamos a “la diferencia de cota que existe entre el punto más alto y el más bajo de una zona concreta”, ya sea una región, un país, un continente o un planeta. Pero este concepto muchas veces es confundido con otros parecidos pero que si los definimos vemos que no tienen tanto que ver. Porque mientras el relieve consiste en comparar dos puntos, la altitud es la cota que tiene un punto con respecto a una superficie de referencia, por lo general la del geoide. Por su parte, la elevación es un proceso de origen geológico por el cual un punto del terreno experimenta un aumento de su cota, es decir, de su altitud, y no necesariamente ha de estar relacionado con movimientos tectónicos. Ahora que hemos visto estas diferencias es hora de entrar en cómo evoluciona el relieve, porque si cambia es evidente que hay una pauta que rige ese cambio.

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Mapa físico del planeta, tanto de las áreas cubiertas por agua como de las emergidas (fuente: geografíaplena.wordpress.com)

La naturaleza es vaga por definición, da igual que estemos hablando de osmosis, de un río o del relieve, siempre ocurre lo mismo. Y es que el hecho de que una pelota siempre caiga hacia el suelo aunque la tiremos hacia arriba, o que los ríos fluyan por el fondo de los valles y no por lo alto de las montañas, es debido a que la naturaleza siempre busca el estado de mínima energía, es decir, la forma que sea más “fácil”. Y es que existe una “regla” que dice que cuanto más alto esté un cuerpo mayor es su energía potencial. Para el caso del relieve esta regla también se cumple, y dado que cualquier aumento de altitud (elevación) conlleva un incremento de energía potencial, y por tanto un mayor desequilibrio físico, cuando hay un levantamiento (tectónico o isostático) los agentes geomorfológicos gravitacionales se ponen a actuar inmediatamente para compensar ese desequilibrio mediante la erosión. De esta forma, los relieves más maduros son siempre aquellos que muestran una menor diferencia altimétrica entre los puntos de mayor y menor altitud, mientras que los relieves jóvenes muestran grandes diferencias altimétricas que nos indican que los agentes geomorfológicos aún no han podido compensarla y suavizarla. Esta evolución se ve muy bien en el perfil longitudinal de un río como el Saja (Cantabria), en el que podemos distinguir los tres cursos que lo componen en un recorrido de menos de 100 km: el curso alto en la cabecera, con un perfil muy verticalizado en el que dominan los procesos de erosión, con cañones y valles profundos (relieve joven); el curso medio en el que tenemos sobre todo transporte y un perfil curvo que poco a poco se va horizontalizando (relieve intermedio); y el curso bajo, donde predominan los procesos de sedimentación y el perfil es ya prácticamente horizontal (relieve maduro). Esto lo vemos muy bien en el perfil de este río, pero si vamos a otros ríos más grandes el esquema se repite, salvo que tengamos un punto de rejuvenecimiento como el que supone Arribes del Duero.

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Perfil longitudinal del río Saja, en Cantabria (modificado a partir de wikipedia.org)

Los relieves maduros son por lo general relieves de muy baja frecuencia y muy alta amplitud, extensas superficies de suaves pendientes en las que apenas tenemos resaltes topográficos, que en caso de aparecer suelen ser elementos con unas características propias que les dan mayor resistencia a la erosión, los llamados relieves residuales (como Peñagorda, en Salamanca). El ejemplo más destacado de relieve maduro son las llamadas penillanuras o pedillanuras, que no es casualidad que constituyan las zonas más extensas y también más antiguas (>450 Ma) de los continentes, los denominados cratones o escudos continentales. Por el contrario, los relieves jóvenes tienen siempre pendientes abruptas y grandes diferencias entre las cimas y los fondos de los valles, que es lo que encontramos en los sistemas montañosos principales, formados durante la Orogenia Alpina. En la imagen siguiente podéis ver a la izquierda la penillanura salmantino-zamorana, un relieve maduro del oeste salmantino que tiene una edad Paleozoico, y a la derecha una imagen de la Cordillera Cantábrica, claramente un relieve joven que se ha formado ya en el Cenozoico.

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Imagen compuesta de dos relieves españoles en diferente estado de maduración: a la izquierda la penillanura Salmantino-zamorana (vista desde el Teso de Cerezal), a la derecha una de las montañas leonesas de la Cordillera Cantábrica (imágenes propias)

La distribución del relieve terrestre

Cualquier vistazo a un mapa del planeta nos hace ver que existen dos grandes unidades básicas del relieve terrestre en función del nivel del mar: los continentes (parte emergida) y los océanos (parte sumergida). Pero si vamos más allá y miramos cuáles son sus altitudes o cotas, y las proyectamos en un histograma de distribución de frecuencias para ver cuál es el valor más frecuente (abajo), nos encontraremos con que el relieve terrestre también se agrupa en torno a dos valores principales (-4200 m y 800 m) que no únicos, dos valores que corresponden precisamente con la profundidad media de los fondos oceánicos y con la altitud media de los continentes. Gracias a este sencillo ejercicio podemos comprobar que el relieve terrestre tiene una distribución bimodal, con fondos oceánicos y continentes ocupando prácticamente la mitad de la superficie del planeta (46%). Y si en lugar de proyectar los datos en un histograma de distribución de frecuencias lo hacemos como una distribución de frecuencias acumuladas, donde tenemos que indicar la proporción de la superficie terrestre que se encuentra por encima de una cota determinada, se obtiene la denominada curva hipsográfica terrestre, que también tenéis abajo (derecha), y que muestra cómo las dos áreas principales son las que antes hemos mencionado.

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Histograma de distribución de frecuencias de la altitud del planeta (izquierda) y curva hipsográfica terrestre (derecha). Imagen tomada de noaa.gov

Gracias a la curva hipsográfica podemos ver que existen cinco unidades macrotopográficas a escala planetaria y no solo dos como decíamos al principio. Estas unidades son, de mayor a menor altitud, las cadenas montañosas (2-8.848 m), de entre las que destacan las cadenas alpinas por ser las más jóvenes; los cratones o escudos continentales (800 m), que a grandes rasgos coinciden con las características medias de la litosfera continental; las plataformas continentales (-200 m a -3.000 m), que articulan las dos unidades principales; los fondos oceánicos (-4.200 m), con características similares a las de la litosfera oceánica; y las fosas marinas (-6.000 m a -11.034 m), los lugares más profundos de la Tierra. De esta manera, y ahora que hemos visto las cinco unidades macrotopográficas, podemos decir que del total de la superficie del planeta los fondos oceánicos representan el 24% y los continentes el 22%, pero si tenemos en cuenta que el tránsito de unos a otros no se produce al nivel del mar sino a unos 200 m de profundidad, en las plataformas continentales, que suponen un 10% de la superficie del planeta, y añadimos por un lado las fosas marinas y por el otro las cadenas montañosas, veremos que en conjunto la superficie terrestre cubierta por agua es de un 71% y los terrenos emergidos son solo un 29%. Es decir, aproximadamente tres cuartas partes del planeta están bajo el mar y solo una cuarta parte corresponde a tierra.

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La superficie del planeta está cubierta por agua en un 71%, si bien este porcentaje no coincide con el que suponen los fondos oceánicos (fuente: wikipedia.org)

La distribución bimodal del relieve es una característica única de nuestro planeta, y es que se suele considerar como exclusivo de cuerpos con una tectónica activa, que induce un continuo reciclaje de los materiales geológicos y de la topografía. De hecho se tiene más o menos aceptado que de no existir en nuestro planeta, el relieve terrestre se caracterizaría por la existencia de inmensas llanuras salpicadas de cráteres de impacto en las que los únicos relieves positivos estarían constituidos por edificios volcánicos aislados. Esto es lo que encontramos en Marte, Mercurio y Venus (también en la Luna), en los que tenemos una distribución de altitudes unimodal en la que el valor principal corresponde con el radio planetario medio. Este hecho es utilizado por muchos como un criterio de que Venus carece de tectónica, pero como ya hemos visto el segundo planeta del Sistema Solar es un mundo aun por conocer que puede darnos todavía muchas sorpresas.

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Curvas hipsométricas de cuatro cuerpos rocosos del Sistema Solar: Luna, Marte, Tierra y Venus (fuente: página de la Universidad de Columbia)

La verdadera forma de la Tierra

Todos hemos oído alguna vez que en la Edad Media la gente creía que la Tierra era plana y que los navegantes temían alejarse demasiado de la costa por miedo a caer por el precipicio del fin del mundo. Seguro que más de uno también habréis oído que fue Colón quien, convencido de que no era así, y seguro de que el planeta era redondo, se atrevió a ir hasta donde ningún europeo había ido antes para demostrarlo y abrir con ello una nueva ruta de comercio marítima que lo llevara a la costa oriental de Asia pero viajando hacia el oeste. ¿Pero y si os dijera que no fue así?, ¿que ni la Tierra es redonda, ni Colón fue el primer europeo en llegar a América ni tampoco el primero en decir que nuestro planeta era esférico? En esta entrada vamos a mostrar cuál es el verdadero aspecto del planeta en el que vivimos, pero también cómo este concepto ha cambiado con los siglos.

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Imagen de la Tierra vista desde el espacio que nos demuestra que vivimos en un cuerpo más o menos esférico (fuente: nasa.gov)

De la pizza a la sandía y por último al huevo

Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha tenido una concepción bastante errónea de sí mismo y del lugar que ocupa en el Universo. Desde que fuimos conscientes del mundo que nos rodea nos hemos considerado especiales y diferentes al resto de animales, y eso nos ha llevado a inventarnos ideas y conceptos cuyo único fin era reafirmar esa idea. De esta manera creamos en nuestra imaginación una serie de seres que controlaban nuestro destino y daban sentido a nuestra vida, que nos daban una explicación a muchos de los sucesos naturales que ocurrían y que éramos incapaces de comprender (los truenos y relámpagos, los terremotos, las lluvias…). Fue así como nacieron los dioses, la magia y la necesidad de pensar, aunque también es cierto que la perspectiva así nos lo hacía creer, de que ocupábamos un lugar privilegiado del Cosmos. Y con esa ignorancia propia del desconocimiento llegó también la idea de que si el planeta lo veíamos más o menos plano era porque en realidad estábamos en una superficie que era plana, una pizza irregular en la que encontrábamos valles y montañas, tierra pero también mar. Esa fue la primera idea de la que tenemos constancia sobre la forma plana del planeta, pero en contra de lo que se suele creer no duró hasta la Edad Media. Mucho antes ya algunos estudiosos habían descubierto que era redonda, que en realidad vivíamos en una sandía.

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Al principio se creía que la Tierra era plana por una simple percepción errónea del mundo en el que vivimos (imagen tomada del vide de youtube, ¿Por qué el engaño de la Tierra plana?, de autor desconocido)

La Antigua Grecia fue un periodo muy importante para el conocimiento en general, lo que incluye también el aspecto de cuál es la verdadera forma del planeta. El primer hombre del que sabemos que consideró una Tierra esférica fue Pitágoras (582-507 a.C.), que al observar cómo cambiaba la posición de las estrellas con respecto al horizonte cuando se viajaba al norte o al sur concluyó que eso era debido a una superficie terrestre curva, aunque no pudo aportar ninguna prueba al respecto. Fue otro hombre griego, un famoso filósofo que dedicó mucho tiempo a la observación de su entorno, quien aportó esa primera prueba. Aristóteles (384-322 a.C.) concluyó acertadamente que los eclipses lunares son debidos a que la Tierra proyecta su sombra sobre la Luna, una sombra que es siempre circular. Y dado que la única figura geométrica que en todas sus secciones da siempre un círculo es la esfera, Aristóteles determinó que nuestro planeta era en realidad una esfera perfecta. También fue un ferviente defensor del modelo geocéntrico, en el que nuestro planeta era el centro del Universo y todos los astros que vemos en el firmamento, incluido el Sol, orbitaban alrededor de él, pero ese es otro asunto. Por tanto fueron los griegos los primeros en considerar la forma esférica del planeta, pero no solo eso, ya que Eratóstenes (275-195 a.C.) fue capaz incluso de calcular la circunferencia del planeta. ¿Cómo? Pues muy sencillo, mediante un experimento y un simple cálculo trigonométrico que voy a explicar brevemente. Eratóstenes sabía que en el solsticio de verano los rayos solares incidían perpendicularmente a la superficie en Siena (hoy Asuán, Egipto), por lo que ese día los cuerpos no proyectaban sombras en esa localidad. Pero esto no ocurría en otros lugares del planeta, ni entonces ni hoy, así que midió para esa misma fecha la sombra que proyectaban los rayos en Alejandría, que distaba de Siena una distancia conocida en dirección norte-sur. De esta forma, y suponiendo que la diferencia entre ambas localidades era debido a la curvatura del planeta, hizo un cálculo con el que obtuvo que el planeta tenía una circunferencia de 46.250 km. ¡¡Solo 6.000 km de error!! Pero es que ahora sabemos que Eratóstenes cometió un error de concepción porque la distancia entre ambas ciudades no es exactamente norte-sur, ya que Asuán está 3º al este de Alejandría, por lo que si corregimos este error en sus cálculos obtendremos una circunferencia de 40.364 km, cuando en la actualidad sabemos que es de 40.030 km. Una gran aproximación solo con el ingenio y las matemáticas.

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Esquema de formación de los eclipses de Luna, uno de los primeros criterios, y más tarde evidencia, de que la Tierra era efectivamente redonda (fuente: naukas.com)

El hecho de que los griegos acertaran tanto es sorprendente, más si consideramos las herramientas que emplearon para ello, y en contra de lo que se suele pensar, la idea de una Tierra esférica no pasó al olvido. El emperador Marco Aurelio (121-80 d.C.), al que seguro que habéis visto brevemente en los comienzos de la película de Gladiator, llegó a definir nuestro planeta como “redonda esfera que sin cesar gira”, lo que nos demuestra que los romanos siguieron esa idea de la forma de la Tierra. ¿Y en la Edad Media? También siguió existiendo y los estudiosos nunca la olvidaron, aunque sí es cierto que durante este periodo de la historia de la humanidad hubo cierta controversia debido a que las ideas religiosas cristianas imperaban por encima de cualquier evidencia empírica. Ese fue el motivo por el que dominó la idea geocéntrica de Aristóteles, base del pensamiento cristiano y motivo por el que muchos hombres fueron condenados durante esa triste época oscura, algunos incluso a muerte. Y no solo fueron juzgados científicos como Galileo, ya que debemos hacer especial mención a Giordano Bruno, un monje dominico que fue quemado vivo por afirmar que el Universo era infinito y que en él había millones de planetas habitados. Los motivos que le llevaron a esa afirmación eran puramente teológicos, pero sigue siendo sorprendente que fuera condenado por algo que ahora, al menos en parte, sabemos que era correcto. Por tanto, la idea de que Colón reintrodujo la esfericidad del planeta es un error procedente de la mitificación de este personaje histórico, que no solo no aportó nada nuevo al tema sino que encima estaba muy equivocado en sus cálculos. Porque Cristóbal Colón simplemente tomó los datos erróneos de Toscanelli, quien afirmaba que la circunferencia terrestre era de 29.000 km, 11.000 km menos que en la realidad, y según algunos incluso los modificó todavía más para que se ajustaran a sus objetivos de conseguir financiación para su empresa. A esas ideas no ayudaba en nada que tan solo un par de años antes, en 1489, el alemán Enrique Martelo Germano hiciera el mapa mundi que podéis ver abajo, solo uno de tantos mapas de la época. Aquella patraña evidentemente fue “cazada” y cuando Colón viajó a Salamanca para explicar su proyecto, los estudiosos de la ciudad insistieron en que estaba cometiendo graves errores de cálculo y le advirtieron de que se equivocaba, que la distancia entre Europa y Asia por el oeste era insalvable en barco. Pero Colón hizo oídos sordos y al final consiguió poner en marcha su proyecto, y suerte tuvo de encontrar América en medio de su camino, porque si no jamás habríamos oído hablar de este navegante de orígenes aún inciertos. Pero no solo en este aspecto lo que hemos oído de Colón es mentira, ya que no solo no fue el primero en decir que la Tierra era como una sandía (lo del huevo vendrá más adelante), sino que tampoco fue el primer europeo en llegar a América. Ese honor es para una expedición vikinga comandada por Leif Erikson, quien en el s. XI, y haciendo alarde de los grandes conocimientos en materia marítima de esta sociedad (utilizaban espato de Islandia para navegar sin una costa que les sirviera de referencia), cruzó el Atlántico y se asentó temporalmente en América del Norte, aprovechando un periodo cálido en el que Groenlandia florecía en parte libre de hielos (de ahí su nombre, que en inglés podríamos traducir como Tierra Verde, Greenland, y seguramente nuestro término español a partir de una variación de él). Como podéis ver Colón está lleno de mitos, pero volvamos a la verdadera forma del planeta.

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Mapa creado por Enrique Martelo Germano en 1489 (fuente de la imágen: henry-davis.com)

Con los años, y una vez confirmada la esfericidad del planeta gracias a la primera circunnavegación de Magallanes y Elcano (1519-1522), la idea de la Tierra plana quedó completamente descartada. Pero todavía quedaban dilemas por resolver, ya que no se tardó en ver que nuestro planeta no era exactamente esférico, sino que era más bien como un huevo, un elipsoide. Por ello surgió una nueva disputa, esta vez entre dos escuelas de pensamiento, la inglesa, que afirmaba que la Tierra estaba achatada por los polos (elipsoide oblato); y la francesa, que defendía que nuestro planeta en realidad estaba achatado por el ecuador (elipsoide prolato). Para desentrañar ese misterio se enviaron varias expediciones por todo el mundo, y gracias a ellas descubrimos que la Escuela Inglesa estaba en lo cierto, que la Tierra es en realidad un elipsoide de revolución achatado en los polos, pero ahora también sabemos que ese achatamiento se debe al efecto de la rotación y es algo común a todos los cuerpos del Universo a partir de una cierta masa. De hecho, que un cuerpo tenga suficiente masa como para que alcance el equilibrio hidrostático (que sea prácticamente esférico) es actualmene uno de los criterios para considerar un planeta.

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Durante años se discutió si la Tierra era un elipsoide prolato (más estrecho en el ecuador) o un elipsoide oblato (achatado por los polos). Las dos imágenes han sido tomadas de wikipedia.org

El geoide, la patata espacial

En la actualidad, y gracias a los grandes avances científicos, sabemos que la Tierra tiene una superficie irregular que dista mucho de la idea de esfera perfecta de Aristóteles. Pero para describir esa forma real primero tenemos que volver al Elipsoide Internacional de Referencia, que es la aproximación matemática, y por tanto ideal, que tenemos de ella. Este elipsoide no define la verdadera forma del planeta pero aun así es el que empleamos como referencia a la hora de hacer cualquier tipo de mapa, pero es que además es la superficie a la que se refieren todos los sistemas de coordenadas esféricas y todos los sistemas geodésicos de referencia como el tan utilizado GPS. El elipsoide internacional, el famoso huevo achatado en los polos, es por tanto la figura geométrica más importante de todas las que pretenden explicar la forma de la Tierra.

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Comparación del radio terrestre ecuatorial y polar, lo que demuestra que la Tierra es en realidad un elipsoide oblato (imagen propia)

Pero como hemos dicho, el Elipsoide Internacional de Referencia solo es una aproximación matemática ideal que no tiene en cuenta las imperfecciones de la superficie del planeta. Por fortuna tenemos otra aproximación más precisa de la forma de la Tierra, una que sí considera esas irregularidades que permiten que tengamos continentes y cuencas oceánicas. El Geoide es la única aproximación física que tenemos de la figura real del planeta porque está basado en la única superficie equipotencial (de igual valor en todos sus puntos) que podemos observar del campo gravitatorio terrestre: el nivel del mar. El geoide es por tanto un cuerpo irregular con una superficie ondulada con respecto al elipsoide, con zonas más profundas que él que suelen representarse con colores fríos (azules) que se alternan con zonas más elevadas que el elipsoide y que suelen aparecer con colores cálidos (rojos). Esta ondulación, que confiere a la figura del planeta un aspecto similar al de una patata, es debida a la distribución irregular de masas en el interior del planeta y a la rotación diferencial de las distintas capas que componen el planeta (atmósfera, hidrosfera, litosfera, astenosfera…). La siguiente imagen demuestra muy bien cómo el mundo es en realidad una imperfecta patata redonda, nuestra patata espacial.

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Reconstrucción (exagerada) de la forma del geoide obtenida por la misión GOCE (Gravity field  and steady-state Ocean Circulation Explorer) de la Agencia Espacial Europea, más conocida como GEM9 (fuente: ESA)

El origen del relieve

¿Nunca te has parado a pensar cómo se forma el relieve o por qué los ríos discurren por el fondo de los valles y no en la parte más alta? Aunque parezca algo complicado en realidad no lo es, y ambas preguntas tienen respuestas relacionadas. Los agentes que modelan el relieve, los denominados agentes geomorfológicos, actúan sobre el terreno por la existencia de desequilibrios que producen unos gradientes que los agentes tratan de compensar. Una buena forma de entender esto es con la caída de un objeto. Todos sabemos que la gravedad es una fuerza que mantiene nuestros pies pegados al suelo y a todo lo que nos rodea lo más próximo posible al centro de la Tierra. Pero si nosotros cogemos un ladrillo que estaba en el suelo y lo subimos sobre una mesa, creamos un desequilibrio energético porque el ladrillo, al estar a mayor altura (más lejos del centro del planeta), tiene una mayor energía potencial que tratará de compensar. ¿Cómo? Cayendo si la mesa está inclinada.

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El ejemplo del ladrillo nos sirve para comprender qué hacen los agentes geomorfológicos, que también buscan eliminar esos desequilibrios, pero en su caso buscando una superficie de equilibrio. De esta manera los agentes que modelan el relieve desmantelan todo lo que se encuentra por encima de dicha superficie (erosión) porque consideran que todo eso “sobra”, y como también hay áreas que se encuentran por debajo de la superficie ideal depositan el material erosionado en ellas, con el objetivo de colmatarla o rellenarla mediante la sedimentación. Y es que los agentes geomorfológicos necesitan de desequilibrios previos para poder actuar, desequilibrios como la existencia de zonas elevadas y zonas deprimidas, de gradientes de presión o de temperatura, todos ellos causan a la larga el desarrollo de un nuevo relieve.

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Esquema de las tres acciones modeladoras del relieve que puede realizar un río: erosión, transporte y sedimentación (fuente: madrimasd.org)

Todo relieve se ha formado por tanto a partir de un desequilibrio previo, desde los profundos encajonamientos fluviales hasta las dunas de un desierto, y es que no debemos olvidar que la naturaleza es vaga y nunca hace un trabajo que requiera un gran esfuerzo. Es por este motivo por el que el agua de un río va siempre por la parte más baja del valle y no por la más alta, o porqué el agua siempre corre de las partes más altas, donde tiene más energía, hasta las partes más bajas, buscando siempre la zona donde tenga una menor energía. Ese es el auténtico origen del relieve, tan importante a la hora de hablar y disfrutar del paisaje de un lugar.

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Peña de Francia, ejemplo de relieve del Sistema Central (imagen propia)