Contextos geológicos españoles de relevancia internacional 18: Red fluvial, rañas y relieves apalachianos del macizo Ibérico

Ya casi han pasado 30 años desde que, en 1996, la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS) iniciase el proyecto de Global Geosites. El objetivo de este proyecto era inventariar el patrimonio geológico del planeta para poder conocerlo y así protegerlo, pues es evidente que solo podemos proteger lo que conocemos. Para ello, y con patrocinio de UNESCO, se inició la elaboración de un inventario nacional que llevasen a cabo los diferentes países sobre su propio patrimonio geológico. En el caso de España, esta compleja tarea recayó en el IGME, que en el año 2009 presentó el libro Spanish Geological Frameworks and Geosites, de García-Cortés, en el que describía los primeros 20 contextos geológicos españoles, que con las posteriores revisiones aumentaron hasta los actuales 21 contextos geológicos españoles de relevancia internacional. Hoy, en Hombre Geológico, hablaremos de uno de estos contextos geológicos, uno que nos descubre un momento de la historia geológica ibérica muy interesante y de gran importancia a la hora de hablar de algunos de sus paisajes.

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La desembocadura del río Ézaro en forma de una espectacular cascada de 40 m de altura, es uno de los geosites del decimoctavo contexto geológico español de relevancia internacional, en el que el paisaje tiene un peso destacado (fuente: wikipedia.org).

De lagos endorreicos a mesetas castellanas

La historia geológica de la península Ibérica es compleja y está llena de importantes eventos tectónicos de interés global, como es la formación del orógeno Varisco que dio lugar a Pangea durante el Paleozoico, la ruptura de Pangea ya en el Mesozoico o los movimientos compresivos del Cenozoico que, entre otras consecuencias, llevaron a la famosa crisis del Messinense, en la que el Mediterráneo se secó. La península Ibérica ha sufrido mucho para llegar a donde está hoy en día, y para comprender cómo es su relieve actual debemos hablar de otro evento tectónico importante, asociado de nuevo con el empuje de África y la consiguiente colisión de Iberia contra Europa. Esta comprensión, que se inició ya en el Cretácico superior y que se ha prolongado durante todo el Cenozoico, plegó la litosfera ibérica y generó una alternancia de altos topográficos y depresiones, de sistemas montañosos y cuencas sedimentarias.

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Mapa geográfico de la Península Ibérica (tomado de wikipedia.org) y corte topográfico N-S de la misma en el que se aprecia cómo el relieve se puede definir como oscilante, con elevaciones que corresponden con los sistemas montañosos alternando con las depresiones que definen las principales cuencas fluviales (tomado de geoperspectivas2bachiller.blogspot.com.es).

Las cuencas cenozoicas ibéricas definen una de las principales unidades geológicas de la península Ibérica, formada por varias cuencas sedimentarias de intraplaca que tienen una distribución, un tamaño y una geometría que, en muchos casos, son únicos para cada una. Aun así, y a partir de una serie de criterios geológicos, hemos podido organizarlas en 5 grandes grupos, algunos relacionados con los principales sistemas montañosos y otros con el macizo Ibérico, otra de las principales unidades geológicas de la península Ibérica. Este macizo se formó durante el Paleozoico y lo podemos definir como la base sobre la que se levanta la penínula Ibérica. Hoy en día los materiales que forman el macizo Ibérico, rocas del Proterozoico y de buena parte del Paleozoico que sufrieron intensas deformaciones en el Carbonífero, los encontramos en superficie ocupando la mitad más occidental de la península, pero en realidad también están presentes en la otra mitad, solo que cubiertos por cientos o miles de metros de materiales sedimentarios depositados durante el Mesozoico y el Cenozoico. El macizo Ibérico es la unidad geológica más antigua de la península Ibérica y sus rocas son las que más deformaciones han registrado. También es la unidad que más procesos erosivos ha sufrido, lo que ha hecho que hoy en día encontremos en él tantas rocas graníticas, formadas en su momento a unos 3 km de profundidad.

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Dentro de la península Ibérica identificados varias unidades geológicas de gran importancia, de entre las que destaca el Macizo Ibérico (tonos rosas), que ocupa la mitad occidental de la península (Rodríguez Fernández et al., 2004).

Durante el Cenozoico, y como consecuencia de los movimientos compresivos causados por el empuje de la placa Africana (al sur) y la placa Europea (al norte), la litosfera ibérica empezó a plegarse en una dirección predominantemente norte-sur. Perpendicular a esta compresión se generaron los principales sistemas montañosos, que compartimentaron la península en una serie de cuencas endorreicas aisladas, en las que las aguas no encontraban salida al mar y en las que se depositaban los materiales erosionados de los sistemas montañosos que las circundaban. Esta situación se mantuvo más o menos estable durante millones de años, hasta que un nuevo movimiento tectónico causó el basculamiento de la península Ibérica hacia el oeste. Gracias a este basculamiento las cuencas endorreicas se abrieron y sus aguas encontraron salida al mar, encajándose una nueva red fluvial que a partir de ese momento vertería sus aguas hacia el oeste, hacia el océano Atlánico. Esta es la historia que hay detrás de este contexto, cuyos elementos más destacados explicamos a continuación.

El origen del actual relieve del Macizo Ibérico

Todos sabemos que los ríos van de sus cabeceras a sus desembocaduras, que es lo normal dentro del modelado fluvial. Pero la formación de la actual red fluvial del Macizo Ibérico no se produjo en este sentido sino al revés, desde el mar a las montañas. Esto fue posible gracias a lo que conocemos como erosión remontante, que es cuando los ríos avanzan desde sus desembocaduras y que, en este caso, ocurrió gracias a la existencia de fracturas previas que generaron planos de debilidad que facilitaron el trabajo erosivo de estos ríos. En concreto, hoy en día reconocemos dos familias de fracturas que sabemo que han condicionado el establecimiento de la actual red fluvial del macizo Ibérico: una primera familia de fallas de origen varisco, que tienen una dirección predominante NE-SO (e incluso N-S) y que en el  Cenozoico se reactivaron como consecuencia de la orogenia Alpina; y una segunda familia de fallas puramente alpinas que, siguiendo la dinámica general de esta orogenia en la península, tienen una dirección predominante NO-SE o E-O. Todas ellas marcaron el recorrido de esos ríos que buscaban su camino y que, hoy en día, poseen tramos rectos que, de manera general, siguen una de estas dos direcciones principales.

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La red fluvial del Macizo Ibérico y las cuencas cenozoicas asociadas está marcado por un fuerte control tectónico por dos familias de fallas, unas de origen varisco y otras de origen alpino (imagen propia, creada a partir de la cartografía del mapa tectónico 1:2.000.000 de España y Portugal).

La red fluvial empezó a configurarse desde la periferia oceánica del Atlántico gracias a un control tectónico que ha sido crucial. Pero el recorrido de los ríos de la mitad occidental de la península no habría sido igual sino fuera por otro fenómeno tectónico muy importante que ocurrió ya en el Neógeno. Y es que a finales del  Mioceno se produjo un basculamiento del macizo Ibérico que permitió que esos ríos, en especial el Proto-Duero y el Proto-Tajo, alcanzasen y «capturasen» las aguas de las antiguas cuencas endorreicas, que encontraron así su salida al mar (pasaron a ser exorreicas). Gracias a este evento, los cursos de ambos ríos se rejuvenecieron, desarrollándose al final de las cuencas zonas con profundos cañones fluviales, más propios de las zonas de cabecera, pero en la parte media de los ríos actuales. Este es el origen de Arribes del Duero (Castilla y León), uno de los mayores cañones fluviales de la península Ibérica, con más de 100 km de largo y desniveles que, en ocasiones, llegan hasta los 600 m.

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El encajonamiento fluvial del río Duero en Arribes en uno de los geosites reconocidos por el IGME por su belleza y su singularidad. Esta fotografía, tomada desde las cercanías del mirador del Fraile, en Aldeadávila de la Ribera (Salamanca), muestra muy bien el brusco desnivel de Arribes (autor: Daniel Hernández-Barreña).

El basculamiento de la península Ibérica y la captura de las cuencas endorreicas en el Cuaternario permitió también el desarrollo del sistema de terrazas fluviales actual. Estas terrazas, que no son más que la principal manifestación del progresivo encajonamiento de los ríos para alcanzar un perfil de equilibrio (de mínima energía), están muy influenciadas por los ciclos glacial-interglacial del Cuaternario, que afectan al nivel del mar global y, por tanto, al nivel de base de los ríos. De este modo, cuando se produce una glaciación hay un importante trasvase de agua del océano a los casquetes polares, causando un descenso del nivel del mar que aumenta el desnivel del perfil longitudinal de los ríos, que ganan en energía y en poder erosivo. Por el contrario, cuando la glaciación finaliza, el trasvase de agua es a la inversa y el nivel del mar sube mucho en poco tiempo (140 m en la última deglaciación), haciendo que el perfil de los ríos se suavice y se relaje esa intensa erosión y el consecuente encajonamiento de sus terrazas.

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Las terrazas fluviales son el resultado del progresivo encajonamiento de un río y se numeran de más antiguas a más modernas y no por su proximidad al curso fluvial actual (animación obtenida de iesdrfdezsantana.educarex.es).

El origen de la actual red fluvial es complejo y está relacionado también con el origen de otra geoforma muy especial y bastante polémica. La raña, cuyo nombre tiene su origen en un topónimo de los Montes de Toledo, es una formación sedimentaria conglomerática de origen aluvial que define una superficie plana y de poca pendiente que siempre es anterior al desarrollo de la primera terraza fluvial. Sus materiales están muy afectados por diversos procesos de alteración que han llevado al desarrollo de suelos muy evolucionados y de colores rojidos, debido a la movilización de ciertos compuestos químicos presentes, entre ellos los oxihidróxidos. En cuanto a su origen, es aquí donde está la principal polémica sobre qué es la raña en realidad, un concepto que es exclusivo de la península Ibérica. Algunos autores consideran que esta geoforma pertenece al ciclo sedimentario de las cuencas endorreicas y define la última etapa de sedimentación, la parte final de la colmatación. Por el contrario, otros autores creen que en realidad es una forma erosiva posterior a dicha colmatación, pero muy relacionada con ella. En cualquier caso, de lo que no tenemos duda es de que la raña representa una etapa de cambio crucial en la historia de las cuencas cenozoicas, al ser la geoforma que articula la fase de relleno sedimentario y la fase de erosión posterior (marcada por el desarrollo de las terrazas fluviales). Un ejemplo muy llamativo, que ha sido reconocida como uno de los geosites de este contexto, es la raña de Anchuras, caracterizada por definir altiplanicies colgadas de más de 20 km de longitud y una altura de un centenar de metros sobre los cauces de los ríos de la cuenca del Guadiana.

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Detalle de la raña de Anchuras, en la cuenca del Guadiana. Los colores rojizos se deben a procesos de alteriación que han llevado al desarrollo de suelos muyu evolucionados, una de las características más importantes de las rañas (imagen obtenida de Martín-Serrano y Nozal Martín, 2009).

Los relieves resistentes del Macizo Ibérico

La naturaleza es vaga. Siempre busca el estado de mínima energía para alcanzar el equilibrio, compensando los altos con erosión y las depresiones con sedimentación, haciendo que los ríos vayan siempre por el fondo de los valles porque es allí donde tienen menos energía potencial. La naturaleza es vaga, pero eso no significa que los agentes modeladores del paisaje lo tengan fácil para alcanzar ese equilibrio que tienen como objetivo. Porque no todos los materiales son igual de fáciles de erosionar ni todos los sedimentos son igual de fáciles de transportar. Y esa erosión diferencial es lo que explica la existencia de los relieves residuales, elementos del paisaje que han resistido a la erosión que sí ha logrado desmantelar todo lo que había a su alrededor. En ocasiones, como es el caso de Bardenas Reales, en Navarra, estos elementos han sobrevivido porque materiales más resistentes actuaron de escudo protector, dando lugar a unas geoformas muy peculiares que reciben el nombre de chimeneas de las hadas. Pero en otras ocasiones fue su propia naturaleza la que les dio mayor resistencia a la erosión, permitiendo el desarrollo de auténticos montes-isla (inselbergs), que resaltan en el paisaje como auténticas montañas aisladas. Ese es el caso de Peñagorda, en el municipio salmantino de La Peña, un inselberg que por su naturaleza ha logrado resistir a la intensa erosión de la penillanura salmantino-zamorana.

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Las chimeneas de las hadas son elementos del relieve, con formas caprichosas, formados cuando materiales muy erosionables están protegidos por otros más resistentes que quedan a modo de casco protector. Esta imagen corresponde con la formación Ah-Shi-Sle-Pah y se encuentra en Nuevo México, pero España también las tenemos en lugares como Bardenas Reales (autor: Harry Hayashi / Getty Images).

En el macizo Ibérico destaca un tipo de paisaje formado por ese proceso de erosión diferencial, aunque el resultado no han sido inselbergs aislados sino alineaciones de altos topográficos que se alternan con depresiones intermedias. Es el llamado relieve apalachiano, formado por la presencia de niveles más competentes (más resistenes a la erosión) que aparecen en los flanco de megaestructuras regionales. Uno de los materiales más comunes en este tipo de relieve es la cuarcita, una roca metamórfica muy resistente que correponde a antiguas arenas litificadas (areniscas), especialmente la llamada cuarcita armoricana, de edad Ordovícico. Relieves apalachianos con cuarcita armoricana tenemos en varios lugares del macizo Ibérico, ya que este es el origen de los principales resaltes del Parque Nacional de Monfragüe y del geoparque de Villuercas-Ibores-Jara, ambos en la provincia de Cáceres, y que son en realidad dos partes de una misma unidad que se extiende también por la vecina provincia de Toledo.

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El risco de Villuercas es el punto más alto del geoparque (1601 m) y uno de sus enclaves más característicos. Como es habitual en el relieve apalachiano está formado por crestones de cuarcita armoricana, muy resistentes a la erosión (fuente: geoparquevilluercas.es).

En resumen

El decimoctavo contexto geológico español es muy importante para comprender el origen de algunos de los elementos más destacados del relieve del macizo Ibérico. De los 252 geosites reconocidos en 2021 por el IGME, 4 de ellos forman parte del contexto de Red fluvial, rañas y relieves apalachianos del macizo Ibérico. Estos geosites ocupan más de 1000 ha de extensión cada uno y los encontramores en comunidades tan distantes y diferentes como son Galicia, Castilla y León y Castilla-La Mancha.

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Tabla con los 4 geosites que forman parte del decimoctavo contexto geológico español de relevancia internacional, Red fluvial, rañas y relieves apalachianos del macizo Ibérico (IGME).

Bibliografía

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