La geología del arte

El hombre siempre ha buscado la manera de inmortalizar un momento determinado con el uso del arte. Hoy en día es la fotografía la más empleada, pero en el pasado lo fueron otras variantes artísticas, como es el caso de la pintura, la escultura o la literatura. De hecho, las representaciones pictóricas de momentos cotidianos están entre las primeras manifestaciones artísticas que conocemos y definen una parte muy importante del llamado arte rupestre. Pero en tiempos más recientes los artistas dedicaron también mucho tiempo para mostrarnos los paisajes que les rodeaban tal y como ellos los veían con sus ojos y su corazón. Dado que todo paisaje tiene un origen inevitablemente geológico, y dado que muchos de los grandes sucesos geológicos de la historia han tenido un gran impacto social, no es de extrañar comprobar que la geología es un elemento de gran relevancia dentro del arte pictórico. Aprovechando que en las últimas semanas el Museo del Prado ha solicitado la ayuda de la comunidad geológica española para tratar de adivinar el lugar retratado en un cuadro de Agustín Riancho, en Hombre Geológico hemos decidido hablar hoy de la geología en la pintura.

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Una de las manifestaciones del arte rupestre más importantes del mundo la encontramos en Altamira, donde podemos ver diversos animales como bisontes (Efe, tomada de elespanol.com).

La pintura del paisaje, el arte geológico por excelencia

Para muchos grandes artistas de la historia, la naturaleza ha sido siempre una de las mayores fuentes de inspiración. Si hablamos de la literatura tenemos el movimiento naturalista, que pretendía retratar la naturaleza de una manera objetiva y muy cercana a lo que el realismo hacía con el aspecto más social. Pero si nos centramos en la pintura, siempre ha existido un tipo de arte muy relacionada con el paisaje: la llamada pintura del paisaje. En este género propio el objetivo era recrear, de una manera más o menos realista, algún paisaje real o parcialmente real. Y aunque hoy en día los cuadros paisajísticos de van Gogh o Monet están muy bien valorados, lo cierto es que durante mucho tiempo el arte de pintar paisajes era considerado un arte menor dentro de la pintura. Es por ello que al principio los paisajes eran solo el trasfondo del cuadro, pero con el tiempo fue adquiriendo importancia hasta llegar a convertirse en el elemento central de la obra.

etretat_acantilado
Arriba: Óleo El acantilado de Étretat. Puesta de sol, pintado por Claude Monet posiblemente en 1883. Abajo: Imagen del acantilado en la actualidad (fuente: es.france.fr/es/).

El nacimiento propiamente dicho de la pintura del paisaje como un género pictórico de pleno derecho se produce en el s. XVII en Holanda, en plena revolución protestante. Es entonces cuando se dejan de usar pretextos religiosos y/o retratos para recrear paisajes sin más pretensiones que mostrar la naturalueza en todo su esplendor. Así, grandes artistas como Rubens, Monet o incluso Van Gogh realizaron pinturas paisajísticas en las que la naturaleza en muchos casos, pero también entornos urbanos o rurales, eran los auténticos protagonistas de la obra. Y para el caso de los puramente naturales, en muchas ocasiones el elemento central eran precisamente elementos geológicos destacados, como es el acantilado de Étretat que pintó Monet. Otro ejemplo importante de esto es el óleo de Andrés Buforn con el peñón de Ifach de Calpe en el centro. Este peñón es uno de los elementos más icónicos de toda la costa alicantina, un cuerpo rocoso de 332 m de altitud que se encuentra al final del tómbolo que lo une a tierra firme. Y si hablamos de su geología, el peñón es en realidad un olistolito calizo del Eoceno-Oligoceno, tal y como viene descrito en la Memoria de la Hoja de Benidorm del MAGNA 1:50 000.

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Izquierda Peñón de Ifach en un óleo de Andrés Buforn. Derecha: Bahía de Calpe con el peñón en la actualidad (fuente: Getty Images).

Otro ejemplo muy reciente es el que ha motivado esta entrada. Agustín Riancho (1841-1929) fue un pintor cántabro que hoy en día es considerado como uno de los mayores paisajistas españoles del s. XIX. Uno de sus cuadros, adquirido recientemente por el Museo del Prado, se titula sencillamente Paisaje y muestra una formación rocosa claramente estratificada y subvertical. ¿Pero qué lugar aparece en la obra? Todavía no parece que tengamos una respuesta satisfactoria, y ni estamos del todo seguros de qué roca es la mostrada, si cuarcita o caliza. La idea general más extendida, aunque todavía hay muchas dudas al respecto, es que se trata precisamente de uno de los numerosos lugares de la geografía española en los que aflora la cuarcita armoricana. Y es que el salto del Gitano, dentro del Parque Nacional de Monfragüe, recuerda bastante a lo pintado por Riancho, aunque con importantes y notables diferencias que hacen dudar de que se trate del mismo enclave. En cualquier caso, y aunque todavía no sabemos exactamente el lugar real retratado por Riancho, ya podemos afirmar que este cuadro es uno de los más especiales para la comunidad geológica precisamente porque, gracias a él, por una vez la geología ha sido la protagonista indiscutible de un cuadro.

Óleo "Paisaje", de Agustín Riancho
El óleo Paisaje de Agustín Riancho, es una pintura paisajística en la que el pintor cántabro representó un lugar todavía no identificado. Por la forma de la roca mostrada, podría tratarse de algún afloramiento de cuarcita armoricana, pero todavía hay abiertas otras opciones que siguen siendo debatidas.

Terremotos y volcanes, catástrofes geológicas en la pintura

La mayoría de los elementos geológicos que encontramos en el arte pictórico se encuentran en las pinturas paisajísticas, pero esta temática no es la única que los tiene. Del mismo modo que a la hora de hablar del cine de catástrofes mencionábamos que muchas películas han utilizado sucesos de origen geológico como motor o trasfondo de sus historias, la pintura también lo ha hecho en una medida muy similar. Así es como encontramos cuadros con motivos religiosos que tenían de trasfondo algún evento natural, pero también tenemos abundantes cuadros que recrean sucesos geológicos de gran importancia o sus consecuencias. Casos de esto que hablamos lo encontramos en los numerosos cuadros que recrean la erupción que destruyó Pompeya en el año 79, o los grabados que muestran los daños causados por el terremoto de Lisboa de 1755.

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Óleo Erupción del Vesubio con destrucción de una ciudad romana, pintado por Sebastian Pether en recreó. En el cuadro el pintor inglés recreó libremente cómo pudo ser la erupción del año 79 que destruyó varias ciudades romanas.

En ocasiones, la importancia geológica del cuadro no radica en lo que narra ni en los pigmentos que usa (muchos de ellos de origen mineral), sino en lo que aparece de manera secundaria. Eso es lo que ocurre con la obra El grito de Munch, cuatro cuadros del noruego Edvard Munch (1863-1944) en los que se muestra a una figura andrógina central con expresión de angustia y desesperación existencial.  Su simbolismo es objetivo de múltiples estudios y discusiones, pero lo que a nosotros nos interesa es el tono rojizo de su cielo. En realidad este tema también es polémico al existir varias hipótesis que pretenden dar respuesta al enigma, entre ellas que podría tratarse de nubes nacaradas, un fenómeno meteorológico realmente extraño que se puede apreciar muy de vez en cuando en altas latitudes (como la Noruega natal de Munch). Pero la hipótesis que tiene más fuerza es la que afirma que esos intensos colores se deben a un suceso que había ocurrido al otro lado del mundo unos años antes. La erupción del Krakatoa (una de las mayores erupciones de la historia) ocurrió en 1883, cuando la isla saltó por los aires y causó el mayor ruido jamás registrado en el planeta por el ser humano. Durante esta erupción también se emitió una gran columna de cenizas que llegó a la estratosfera e hizo que durante un tiempo los atardeceres de planeta tuvieran tonalidades rojizas y púrpuras. Por tanto, de ser cierto, El grito y otros cuadros de la época estarían reflejando las consecuencias de un evento geológico de gran impacto ocurrido años antes y al otro lado del planeta.

krakatoa_munch
Muchos autores consideran que los colores rojizos del cielo de El grito de Munch (derecha), así como el de otros cuadros de la época, es reflejo de una de las consecuencias atmosféricas que tuvo la erupción del Krakatoa (izquierda, en una litografía de 1888).

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