Mercurio, el Ícaro del Sistema Solar

En la mitología griega existe muchos personajes con historias trágicas que suelen venir acompañadas de importantes moralejas. Uno de estos personajes era Ícaro, hijo de Dédalo, un famoso constructor al que el rey Minos de Creta mandó construir el más irresoluble laberinto de la historia, en cuyo interior encerraron al Minotauro. Pero el destino quiso que el constructor acabara perdiera el favor del rey y acabara con sus huesos en el propio laberinto junto con su hijo. Ambos tuvieron que ingeniársela para resolver lo irresoluble y salir del laberinto primero y más tarde de la propia isla, para lo cuál Dédalo diseñó una ingeniosa forma: si no podían escapar ni por tierra ni por mar, lo harían por el aire. Fue así como empezó a construir unas alas para él y para su hijo utilizando tan solo plumas, hilo y cera, y cuando estuvieron listos los dos partieron de la isla. Por desgracia, y a pesar de las advertencias de su padre, Ícaro subió demasiado alto y el calor del Sol acabó por derritir la cera de sus alas, desmontando el ingenio y haciendo que el joven se precipitase al mar y muriese. La historia de Ícaro es triste, pero nos advierte de que ser demasiado ambiciosos puede llevarnos a nuestra destrucción. También nos recuerda que a pesar de que el Sol es beneficioso, estar demasiado cerca de él puede ser peligroso. Y Mercurio, igual que Ícaro, tampoco hizo caso a esta última advertencia.

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El mito de Ícaro es uno de los más conocidos de la mitología grecorromana y está presente en múltiples obras artísticas. Una de ellas es La caída de Ícaro, de Jaco Peeter Gowy, que se puede ver en el Museo del Prado.

Demasiado cerca del Sol, demasiado pequeño para tener atmósfera

El mito de Ícaro es perfecto para hablar de Mercurio, cuyos rasgos físicos, geológicos y astronómicos están estrechamente relacionados con su proximidad al Sol. La órbita de Mercurio es con diferencia la más excéntrica de todas las de los planetas del Sistema Solar y casi tanto como la de Plutón, hoy en día un planeta enano. El año en Mercurio dura 88 días terrestres y el día 59 días terrestres, por lo que el planeta se encuentra en resonancia orbital 2:3 (cada dos años ha dado tres vueltas sobre sí mismo). El fenómeno de la resonancia orbital es muy frecuente en el universo y en el caso de Mercurio es debida a su proximidad al Sol, aproximadamente un tercio de la de la Tierra. La Luna también se encuentra en resonancia orbital, en su caso en resonancia 1:1 porque tarda lo mismo en rotar sobre sí misma que en girar alrededor de la Tierra (de ahí que siempre muestre la misma cara). Mercurio además es uno de los cinco planetas visibles a simple vista, las llamadas estrellas errantes, por lo que también es uno de los cinco planetas que le da su nombre a uno de los siete días de la semana (miércoles).

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Al tratarse de un planeta con una órbita más interna que la de la Tierra, Mercurio siempre es visible en los amanecer o en los atardeceres, siempre cerca de la posición del Sol. Imagen de Mercurio junto a la Luna durante un atardecer (fuente: madpc.co.uk).

Mercurio no solo es el planeta más próximo al Sol, también es el más pequeño del Sistema Solar desde que en 2006 Plutón pasó a ser considerado un planeta enano. Su diámetro es de 4880 km y es tan pequeño que dos satélites, Ganímedes en Júpiter (5262 km) y Titán en Saturno (5150 km) son más grandes que él. Este reducito tamaño, junto con la cercanía a la estrella, han hecho que Mercurio carezca de satélites naturales, ya que su fuerza gravitatoria es del todo insuficiente para mantener a un cuerpo a su alrededor sin que el Sol se lo lleve. Y lo mismo ocurre con la posibilidad de tener una atmósfera, toda una anomalía porque incluso Plutón la tiene, al igual que varios satélites del Sistema Solar. Mercurio es el único planeta que no tiene atmósfera. Mercurio también es, después de la Tierra, el planeta con mayor densidad de los ocho que orbitan alrededor del Sol y el tiene una mayor variabilidad térmica diaria, con unas temperaturas que oscilan entre los 350º C durante el día a los -170º C por la noche.

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Mercurio es el planeta más pequeño del Sistema Solar. Su diámetro es menor que el de Ganímedes o Titán (autor: Calvin J. Hamilton).

Un mundo de contrastes

Lejos de sus dimensiones o su posición dentor del Sistema Solar, Mercurio es un mundo fascinante lleno de contrastes en el que en algunos lugares de su superficie amanece dos veces. Este fenómeno tan peculiar y extraño tiene su explicación en que cuando el planeta alcanza su perihelio, el punto de su órbita más cercano al Sol, la velocidad angular orbital es mayor que la velocidad angular rotatoria, lo que hace que el movimiento aparente del Sol en el firmamento se invierta momentáneamente para después recuperar la normalidad. De esta manera se ve cómo el Sol asciende, se detiene, retrocede y vuelve a ascender, lo que en algunos puntos significa que amanece, vuelve a anochecer y después vuelve a amanecer por una segunda vez. Sin duda un espectáculo digno de ver si pudiéramos estar en su superficie.

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Imagen compuesta de Mercurio creada a partir de los datos tomados por la sonda Messenger (fuente: NASA-APL).

La estructura interna de Mercurio es todavía un misterio porque todavía no hemos enviado misiones dedicadas a su estudio. Pero eso no signfica que no tengamos algunas ideas de cómo podría ser. A partir de su tamaño y su elevada densidad, hoy en día creemos que Mercurio tiene un descomunal núcleo de hierro que podría llegar a ocupar casi la mitad del planeta, un núcleo que estaría parcialmente fundido y que podría ser el orígen del campo magnético que lo rodea. Sobre este núcleo se encontraría el manto, muy delgado en comparación con el de la Tierra por un motivo que todavía desconocemos y para el que tenemos varias posibles respuesta que todavía tendremos que estudiar cuando tengamos nuevos datos. Y por último tendríamos la corteza, de unos 100-200 km de espesor, un valor enorme si lo comparamos con los 70 km que tiene de máximo la corteza terrestre. Todas estas características hacen de Mercurio un planeta único en el Sistema Solar y muy interesante.

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Estructura interna de Mercurio según creemos actualmente que es en función de sus dimensiones y densidad. El elemento más importante es su descomunal núcleo metálico, responsables del campo magnético que le rodea y que ocupa la mitad del planeta (fuente: wikipedia.org).

El interior de Mercurio es llamativo, pero los elementos geológicos de su superficie tampoco se quedan cortos. La geografía mercuriana está marcada por la existencia de infinidad de astroblemas (cráteres de impacto), la mayoría de ellos seguramente relacionados con el bombardeo intenso tardío, un periodo de la formación del Sistema Solar de gran actividad. Algunos de estos astroblemas son inmensos, como es el caso de la cuenca Caloris, que con sus 1550 km de diámetro es uno de los astroblemas más grandes del Sistema Solar. En su interior encontramos otro cráter muy especial, el cráter Apolodoro, en el que encontramos un complejo sistema de grietas radiales muy profundas (La Araña) que parten del centro del cráter y que no tiene todavía explicación. El impacto que dio lugar a Carolis fue tan grande que creemos que las ondas de choque recorrieron todo el planeta convergieron en la otra parte de Mercurio, donde se desarrollaron las abruptas cordilleras de Weird Terrain. Junto a estos impactos también hay llanuras o planicies con escasos astroblemas que, junto con algunos flujos piroclásticos, podrían estar indicando algún tipo de actividad volcánica en el pasado.

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La cuenca Carolis es un enorme cráter de impacto que hay en el hemisferio norte de Mercurio. En su interior hay una estructura conocida como la Araña, también de gran interés científico. Esta fotografía fue tomada por la sonda Messenger el 23 de febrero de 2015 (fuente: NASA).

Otra característica muy especial de la superficie de Mercurio es que en ella encontramos unas enormes grietas que afectan a muchos de los cráteres, lo que significaría que son más modernas que ellos. Hoy en día creemos que estas fracturas son son en realidad pliegues y cabalgamientos formados por la contracción del planeta al enfriarse poco después del bombardeo intenso tardío. Algunas de ellas de hecho se han interpretado como enormes láminas cabalgantes que podrían alcanzar los 100-200 km de espesor y afectar a toda la corteza mercuriana. En esta superficie tan extraordinariamente anómala tenemos además indicios de existencia de hielo en los cráteres más profundos, donde la luz del Sol no llega nunca.

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Imagen del interior del cráter Abedian tomada por la sonda Messenger el 16 de abril de 2015. En ella se puede apreciar muy bien la elevación interior del cráter y cómo esta está rodeada por una superficie plana que contiene un menor número de impactos (fuente: NASA / Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory / Carnegie Institution of Washington).

Un planeta aún por descubrir

Mercurio tiene todavía muchos secretos que no nos ha desvelado. Todavía no sabemos si el cráter Apolodoro realmente está relacionado con el origen de la cuenca Carolis, ni si esta es la causa de las cordilleras de Weird Terrain. Tampoco sabemos si Mercurio tuvo alguna vez atmósfera o siempre fue así o si las enormes grietas son efectivamente láminas cabalgantes relacionadas con la contracción térmica del planeta. Todos estos misterios siguen sin descubrirse porque Mercurio es un planeta que en la exploración espacial del Sistema Solar no ha sido demasiado tenido en cuenta. El motivo de este aparente poco interés tiene una explicación económica, y es que la ausencia de atmósfera no permite reducir la velocidad aprovechando la resistencia que opone, como sí puede hacerse en Venus o Marte. Además, la cercanía al Sol implica que las sondas estarán expuestas a unas condiciones extremas que encarecen el proyecto y dificultan enormemente las misiones a él.

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Mapa topográfico completo de la región boreal de Mercurio obtenido por la sonda Messenger (fuente: NASA/Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory / Carnegie Institution of Washington).

Aun así hemos llegado al planeta en dos ocasiones, aunque en ninguna de ellas hemos descendido a su superficie para tomar datos. La primera sonda en llegar a Mercurio fue la sonda Mariner 10, que aunque su objetivo principal no era el planeta lo visitó en tres ocasiones a lo largo de sus dos años de servicio (1974-1975). Fue esta misión de NASA la que nos ha aportado las primeras imágenes de la superficie del planeta. La segunda vez que hemos visitado a Mercurio, y hasta la fecha la última vez que lo hemos hecho, ha sido con la sonda Messenger, cuyo objetivo principal era precisamente mapear su superficie. El 30 de abril de 2015 la propia sonda fue estrellada intencionadamente contra el planeta, en lo que es, de momento, nuestro único descenso a Mercurio. Actualmente hay un nuevo proyecto que tiene como objetivo Mercurio: la misión BepiColombo. Se trata de un proyecto conjunto entre la Agencia Espacial Europea (ESA) y la Agencia Japonesa de Exploración Espacial (JAXA) para estudiar a fondo el planeta y su magnetosfera, teniendo entre sus objetivos averiguar precisamente si alguna vez tuvo atmósfera o no. Esta nueva misión será enviada presumiblemente en 2018 y llegaría al planeta, si los planes se cumplen, en 2024. Veremos qué nos desvela para entonces.

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La sonda BepiColombo es una misión conjunta de ESA y JAXA que tiene como objetivo estudiar Mercurio a fondo (fuente: esa.int).

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