El deshielo de los glaciares

Una de las cuestiones más preocupantes del cambio climático actual (antrópico) es el estado actual de los glaciares. Seguro que todos habéis visto algún video donde la pared de un glaciar se rompe de manera espectacular y el hielo se precipita contra el agua del mar. O tal vez hayáis oído decir que el deshielo de los glaciares se ha acelerado en los últimos años, que el hielo del Ártico y la Antártida están en niveles críticos o que el nivel del mar subirá de manera alarmante cuando todo ese hielo se funda. Pero no todo lo que oímos es cierto, al menos no del todo cierto, ya que cuando se trata de cuestiones politizadas muchas veces la verdad es la primera víctima. En esta entrada vamos a ver de manera objetiva el mundo de los glaciares, su situación actual, su pasado reciente y cuál podría ser su su futuro si las cosas no cambian.

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Pared de hielo de uno de los glaciares que encontramos en el Parque Nacional y Reserva de la Bahía de los Glaciares (Alaska), un enclave turístico de gran valor (fuente: headlinesciencesnow.com).

La criosfera

La envoltura gaseosa de nuestro planeta, cuya química es tan importante, recibe el nombre de atmósfera. El agua, los océanos, lagos y ríos, que ocupan un 70% de la superficie de nuestro planeta, constituyen lo que conocemos como hidrosfera. Y la vida, tanto macroscópica como microscópica, define la biosfera. Pero el hielo también tiene su propia capa, una capa dinámica que experimenta grandes variaciones tanto a escala de miles de años como a lo largo de un mismo año: la criosfera. Todo el hielo de nuestro planeta forma parte de ella, aunque, no todo el hielo es igual porque ni se origina de la misma forma ni se comprota igual. Por eso es muy importante distinguir entre el hielo marino, que es el que forman las banquisas polares del Ártico y la Antártida, del hielo continental, que es el que tenemos constituyendo parte de los casquetes polares, en el permafrost y en los glaciares. Todo ellos acumulan tres cuartas partes del agua dulce del planeta, lo que convierte a la criosfera en el principal reserovorio de este bien tan preciado.

La criosfera es la capa de la Tierra formada por todas las masas de hielo. En ella se estima que se encuentran tres cuartas partes del agua dulce del planeta (IPCC, 2007).

La criosfera es muy importante porque sus variaciones afectan al océano, regulador del clima global, pueden crear o destruir puentes de tierra y pueden facilitar la migración de especies o causar su extinción. Actualmente el 8% de la superficie de la Tierra está cubierta por hielo, pero en el pasado ese porcentaje fue mucho mayor. Por ejemplo, durante el Último Máximo Glacial, el momento de máxima extensión de la última de las glaciaciones del Cuaternario, de los tres mantos de hielo principales uno solo uno de ellos, el de Nortamérica, ya fue mayor que el que cubre actualmente la Antártida. Esto nos sirve para hacernos una idea de la importancia que tiene la criosfera, una de las capas más improtantes y también más ignoradas del planeta.

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Reconstrucción paleogeográfica global durante el Último Máximo  Glacial (hace 20 000 años). Tras el fin de la glaciación el nivel del mar subió unos 140 m en tan solo 4000 años (fuente: jan.ucc.nau.edu).

Acumulación de hielo en el planeta

Cuando pensamos en la formación de grandes masas de hielo lo primero que pensamos es que la temperatura es la clave de todo, aunque eso solo es cierto a medias. Porque en realidad, más que la temperatura, lo importante es que se acumule más hielo del que se pierde y eso implica hablar de un equilibrio entre dos tasas diferentes que se oponen. La tasa de acumulación es la cantidad de hielo o nieve que se acumula por unidad de tiempo y depende sobre todo de las precipitaciones que se produzcan. Por el contrario, la tasa de ablación es la cantidad de hielo que se pierde como consecuencia de una fuente externa de energía, ya sea la radiación solar o el calor sensible que llega por corrientes de aire o de agua. El equilibrio entre ambas tasas está definido por la línea de equilibrio o línea nival, que se sabe que sucede cuando la temperatura anual media es de -10º C.

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La acumulación de hielo se produce siempre que la tasa de acumulación de hielo sea mayor que la de ablación o pérdida (Ruddiman, 2001).

Para que una masa de hielo se forme se necesita que el volumen de hielo o nieve acumulado sea mayor que el que se pierde y en eso es crucial que la tasa de acumulación sea mayor que la de ablación. Pero esto es solo al principio, ya que una vez que empieza a acumularse nievce se ponen en marcha varios mecanismos de retroalimentación positiva que van a dificultar la fusión de la nieve y a favorecer que se acumule cada vez más. Por un lado tenemos el hecho de que la presencia de hielo en zonas continentales favorece el desarrollo de núcleos anticiclónicos que van a alterar la dirección de los vientos. Por otro lado tenemos el efecto albedo, muy grande en el hielo y que hace que la mayor parte de la radiación que llegue a la región sea reflejada y no induzca la fusión del hielo. El tercer factor es la altitud, ya que con la altura la temperatura ambiental desciende y eso hace que cuanto más hielo tengamos más fácil será seguir acumulándolo.

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El hielo tiene un efecto albedo muy elevado (85-90%) con respecto al océano abierto (10%) (hieloenlospolos.blogspot.com.es).

Los glaciares, grandes lenguas de hielo

Un glaciar es una lengua de hielo que se desplaza por un valle, erosionando sus paredes y arrastrando todo tipo de material que se encuentra a su paso. Los glaciares son reservorios de hielo que tienen una respuesta lenta a los cambios del entorno y son muchos los elementos del relieve que se asocian a ellos, como son los depósitos de morrenas, los bloques erráticos o los característicos valles en U.

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El hielo tiene una gran capacidad de transporte que le permite desplazar bloques de grandes dimensiones varios kilómetros. Cuando estos bloques aparecen aislados reciben el nombre de bloque errático, como es este ejemplo de Itillersuaq, al sur de Groenlandia (fuente: flickr.com).

En geología distinguimos entre dos tipos de glaciares en función de cuál es su velocidad de avance: los glaciares rápidos o calientes, que avanzan favorecidos por una capa de agua líquida que tienen en su base y que actúa de lubricante, un agua que normalmente procede del calor de la fricción de la base del glaciar con el sustrato rocoso; y los glaciares lentos o fríos, que como su nombre indica no avanzan igual de rápido que los anteriores porque no hay esa capa de agua que ayuda al hielo en su movimiento. Y si en su lugar hablamos de glaciares en función de su localización entonces tenemos glaciares polares y glaciares de montaña. Pero todos ellos avanzan siempre por valles hasta que llegan al mar, a un lago o simplemente desaparecen para dar lugar a otros elementos geológicos, con la morrena terminal como fin de su recorrido.

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El glaciar Briksdal, en Noruega, es uno de los glaciares más famososos de la península Escandinava por su accesibilidad y su espectacular desembocadura (fuente: desconocida).

El efecto calvin y la cuestión temporal

Ahora que ya hemos visto qué es necesario para que se acumule una masa de hielo vamos a ver lo que ocurre en los glaciares actuales. Como anticipaba al inicio de esta entrada, estoy seguro de que todos o casi todos habéis visto alguna vez un video como el de abajo, en el que se asiste al desprendimiento de la pared de un famoso glaciar (en el video se trata del glaciar de Perito Moreno, en Argentina). En todos ellos, independientemente de que sea un glaciar argentino, de Alaska o de Groenlandia, lo que estamos viendo es un fenómeno que sin duda es espectacular. A este fenómeno lo conocemos como efecto calvin y no es más que la otra forma natural de pérdida de hielo, una que a diferencia de la ablación no requiere de fuente de energía externa. Pero no debemos alarmarnos cuando lo vemos, ya que el efecto calvin es en realidad el nacimiento de los icebergs, es la muerte natural de los glaciares que llegan al mar cuando alcanzan el final de su recorrido. No siempre las imágenes espectaculares de desprendimientos de hielos tienen que ver con el cambio climático actual.

No obstante, que un fenómeno sea natural no significa que no haya que preocuparse por él. Y es que en los últimos años estamos asistiendo a una aceleración del efecto calvin que está causando el retroceso de muchos glaciares, algunos de los cuales podrían desaparecer en las próximas décadas. Y es que las lenguas de hielo se desprenden cada vez antes de su recorrido y muchas veces ya no llegan si quiera al mar. Eso lo vemos muy bien estudiando las morrenas terminales de glaciares como el glaciar Jakobshavn (Groenlandia), aunque también tenemos casos en los que, como ocurre en el glaciar Hubbard (Alaska), el frente parece estar avanzando.

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Comparación de cómo el glaciar Jakobshavn (Groenlandia) ha ido retrocediendo desde 1851 hasta 2006 (fuente: svs.gsfc.nasa.gov).

Situación actual de los glaciares

Hoy en día la mayoría de los glaciares que conocemos del mundo están retrocediendo. En la península Ibérica ya solo quedan unos pocos glaciares en Pirineos, unas pocas masas de hielo que, muy probablemente, desaparecerán en los próximos años. Pero no debemos olvidar que los glaciares son reservorios de respuesta lenta que tardan décadas en equilibrarse, por lo que cabe la posibilidad de que parte de su pérdida de hielo se deba no tanto a la aceleración actual como a otros sucesos ocurridos en décadas o siglos pasados. Porque es llamativo ver que el registro de la extensión de hielo de los glaciares empezó a mediados del s. XIX, cuando el planeta salía de un periodo especialmente frío, el mínimo de Dalton de actividad solar (1790-1830) y tras haberse producido la erupción del Tambora de 1815, que está detrás del año sin verano (ver El hombre contra el volcán). No obstante, aunque todavía haya muchas incertidumbres acerca de la pérdida de hielo de los glaciares, lo que es innegable es que estos están retrocediendo de manera general y que todo apunta a que el actual calentamiento global, antrópico, tiene parte de culpa.

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El glaciar de Monte Perdido (Huesca) es uno de los últimos glaciares de la península Ibérica. Su alarmante pérdida de hielo hace pensar que muy pronto podría dejar de existir (fotografía de Javier G. Yélamos).

Bibliografía

Antón Uriarte (2010): “Historia del clima de la Tierra”. Editado por Géminis Papeles de Salud, 310 págs.

Braithwaite, R. J. (2002): “Glacier mass balance: the first 50 years of international monitoring”. Progress in Physical Geography, Vol. 26, pp. 76-95.

Davis, C. H.; Li, Y.; McConnell, J. R.; Frey, M. M. & Hanna, E. (2005): “Snowfall-Driven Growth in East Antarctic Ice Sheet Mitigates Recent Sea-Level Rise”. Science, Vol. 308, pp.1898-1901.

Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (2007): “Cuarto informe de Evaluación del IPCC”.

Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (2013): “Quinto informe de Evaluación del IPCC”.

Oerlemans, J. (2005): “Extracting a climate signal from 169 glacier records”, Science, Vol. 308, pp. 675-677.

Ruddiman, William F. (2001): “Earth’s Climate: Past and Future”. New York: W.H. Freeman, 465 págs.

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